Hay victorias que se construyen desde el juego y otras que se terminan defendiendo desde el carácter. México hizo ambas cosas en Guadalajara. Durante buena parte de la noche fue superior a Corea del Sur, manejó los tiempos del partido y generó las situaciones más claras. Pero cuando llegó el momento de sufrir, también encontró respuestas. Por eso el 1-0 vale mucho más que tres puntos.

El equipo de Javier Aguirre mostró una cara madura. No se desesperó en una primera mitad cerrada y entendió que la diferencia podía llegar si mantenía la paciencia. Apenas comenzó el complemento aparecieron las señales. Jesús Gallardo avisó primero con una llegada que hizo ilusionar a todo el estadio y, apenas un minuto después, Luis Romo encontró el premio.

Es cierto que el gol nació de un error grosero de la defensa y del arquero Kim Seung Gyu. Pero también es cierto que los errores hay que provocarlos. México venía presionando alto, obligando a Corea a jugar incómodo y empujando el partido hacia el área rival. Romo estuvo atento, aprovechó el regalo y convirtió su primer gol en una Copa del Mundo.

A partir de allí parecía que el encuentro podía resolverse con tranquilidad. México tenía espacios, controlaba el balón y encontraba profundidad por las bandas. Sin embargo, dejó pasar la oportunidad de liquidarlo. Raúl Jiménez tuvo una chance clara, Obed Vargas probó desde lejos y Kim evitó que la diferencia creciera. Y los partidos que no se cierran suelen ofrecer una última prueba.

Corea del Sur reaccionó en el tramo final. Los delanteros coreanos comenzaron a encontrar espacios y los asiáticos adelantaron líneas. Entonces apareció la otra figura de la noche. Si Romo había sido el héroe ofensivo, Raúl Rangel se convirtió en el salvador defensivo.

La doble atajada del arquero a los 86 minutos cambió la historia del partido. Fue una intervención de reflejos, valentía y determinación. En una misma jugada evitó el empate y sostuvo una ventaja que comenzaba a tambalear.

México terminó celebrando porque hizo más méritos que su rival para ganar. Pero también porque entendió algo fundamental para cualquier selección que aspira a llegar lejos en un Mundial: no todos los partidos se ganan jugando bien durante 90 minutos. Algunos se ganan resistiendo.

La clasificación a los 16avos de final ya es una realidad. Y no de cualquier manera. Con dos victorias en dos partidos, el equipo de Aguirre aseguró el primer puesto del Grupo A y evitó cualquier sobresalto de última hora. Lo hizo mostrando diferentes registros: autoridad para asumir el protagonismo, paciencia para encontrar los espacios y personalidad para sostener una ventaja mínima cuando el partido se volvió incómodo.

México todavía tiene mucho camino por recorrer, pero ya dio una señal importante. En Guadalajara no brilló durante toda la noche, aunque sí exhibió una virtud que suele distinguir a los equipos competitivos: ganó incluso cuando tuvo que sufrir. Y en los Mundiales, muchas veces, esa capacidad vale tanto como el mejor fútbol.